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Jacobo Zabalo 12-07-2010
Io, Don Giovanni, de Carlos Saura
Io, Don Giovanni es una versión cinematográfica de la vida de Lorenzo da Ponte, quien fuera libretista de las tres mejores óperas mozartianas. Una vida -la de da Ponte- apasionada, repleta de avatares más propios de una novela. Nada casualmente, Carlos Saura, director del filme, aprovecha algunos de los episodios que se narran en las Memorias del italiano, para a su vez elaborar una trama que desafía la distinción entre ficción y realidad. Se entremezclan pasajes verídicos con otros que, sin serlo, tornan comprensibles algunos de los enigmas en torno a la producción mozartiana. Aun centrándose en la colaboración mantenida con Wolfgang Amadeus Mozart, Io, Don Giovanni comienza con las correrías venecianas del Abate da Ponte, quien debe abandonar por piernas la Serenissima.
La vida dissoluta de da Ponte, individuo bien dotado para las letras, lo conducirá ejercer de libretista para algunos de los principales compositores de Viena, entre los cuales por supuesto Wolfgang Amadeus Mozart. Tras el éxito de Las bodas de Figaro ambos se embarcan en la creación de la obra que da título a la película. Mucho se ha especulado acerca de la composición del Don Giovanni, prácticamente tanto como acerca de la del Réquiem. Por ser una obra repleta de ideas musicales e intuiciones brillantes (concernientes a la vida y muerte, al amor y al deseo) se presta en efecto a toda suerte de elucubraciones. Carlos Saura focaliza el interés en el creador de la trama, mostrando cómo muchos de los pasajes de su libreto derivarían de experiencias propias, de su trato con mujeres de toda alcurnia y procedencia. De ahí precisamente el título de la película: el "io" (yo) titular no se evidencia tanto aplicable a Mozart cuanto a Da Ponte, seductor nato, seguidor de los consejos de un ilustre: Giacomo Casanova. Representado ya en su senectud, este personaje, uno de los que -más allá de la ficción recreada en la película- contribuyeron a la fragua del mito del Don Juan, sigue con interés la acción de la trama urdida por su acólito... hasta que éste amenaza con apartarse. La inesperada presencia en Viena de su amor imposible veneciano, la virginal Anetta (reminiscencia de la Beatrice de Dante, a la que abandonó por no sentirse digno) produce un giro insospechado: Da Ponte decide reformarse, abandonar la lujuria y los placeres derivados -entre otros motivos- de la creación de arias para sopranos envidiosas.
Todo ello se sublima artísticamente: la amante despechada encarnará a Donna Elvira, que sufre el catálogo de conquistas de Don Giovanni y se resarce con su célebre Mi tradi quell'alma ingrata, mientras que a su inocente amada le dedicará Da Ponte el dueto Là ci darem la mano. El final, con Don Giovanni precipitando su orgullo de seductor hasta la muerte, calcinado por un deseo -el suyo- tan constante como irrefrenable, quiere representar el agotamiento de un modus operandi atractivo pero insostenible. Para horror de Casanova, Da Ponte se establece en la monogamia, cae en el egoísmo de querer a un sola persona.
A pesar de la intervención por momentos excesiva en el engarce y recreación de tramas por parte de los guionistas, entre los cuales el propio Saura, resulta interesante, sobre todo para el melómano (más todavía, por supuesto, para el melómano mozartiano), asistir, ni que sea por la vía especulativo-ficticia, a la concepción in fieri del Don Giovanni, el desarrollo de la colaboración de dos individuos geniales y apasionados, plenamente involucrados con su arte. Se non è vero è ben trovato, dice la sabiduría popular, y es que a veces la única forma de comprender lo incomprensible, de recordar lo inmemorial del tiempo en su origen es acudiendo a la parábola de la imaginación, menos implacable que la lógica racional. La puesta en escena de la acción, para la que se emplean escenarios y tapices, alternando técnicas clásicas y modernas, sugiere precisamente la dimensión onírica en que la fantasía recrea una realidad más verdadero y el deseo campa a sus anchas (con el riesgo siempre presente, por cierto, de caer en lo kitsch).
En cuanto a los actores que encarnan a los protagonistas, lo cierto es que libran sus particulares batallas de un modo desigual. Da Ponte (Lorenzo Balducci), emparentado en su pose de homme fatal con el Valmont de John Malkovich, luce su papel protagonista; mientras que el niño-genio que fue Mozart (Lino Guanciale) vuelve a banalizarse, sufre de la inexplicable mezcla de ligereza y seriedad que, en efecto, caracterizó a su vida y obra. Además, la dicción alemana del actor es defectuosa, mientras que la italiana (lógicamente forzada, al no ser la propia de Mozart) casi ridícula. Las mujeres que aparecen, en la trama de la película como en la ópera, derrochan sensualidad, como no puede ser de otra forma. Destaca el personaje de la soprano Adriana Ferrarese, Donna Elvira en escena, que interpreta Ketevan Kemolidze. Asimismo, la angelical Annetta (Emilia Verginelli) interpreta correctamente, sin mucho esfuerzo, su papel de adorada. Quizá uno de los menos creíbles sea el decadente Casanova (Tobias Moretti), alter ego del alter ego que es el arquetipo musicalizado por Mozart.
A diferencia de lo que se plantea en el fallido, pseudo-artístico Silencio antes de Bach, aquí el declarado homenaje musical lo formula Saura como un juego de desdoblamientos típicamente hoffmanniano, que desde la perspectiva del erotismo busca involucrar a todo aquel que, oyente o espectador, sienta. A pesar de que en algún momento el artificio se puede antojar excesivo (excesivamente artificial en sus pretensiones de dotar de coherencia a la trama) lo cierto es que la película se deja ver con gusto, en buena medida gracias a la sublime presencia de pasajes del Don Giovanni. En suma, se trata ésta de una fantástica, fantasiosa invitación a la escucha, disfrute y participación del dramma giocoso mozartiano por excelencia.
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