Seriedad de los juegos camerísticos: Mozart y Schubert según Zacharias

Jacobo Zabalo 19-10-2009

L'Auditori, 1 de octubre de 2009

Trío en si bemol mayor, Kv.502, de Wolfgang A. Mozart

Quinteto en la mayor, D.667, "La trucha", de Franz Schubert

 

Christian Zacharias, piano

Julia Schroeder, violín

Joaquín Riquelme, viola

José Mor, violoncelo

Christoph Rahn, contrabajo

 

-Schubert y Mozart son dos de las debilidades de Christian Zacharias, compositores a los que más grabaciones ha dedicado a lo largo de su carrera. La sala de cámara del Auditori se llenó, prácticamente, para recibir al conjunto liderado por el pianista, conjunto formado por profesores de la OBC y Julia Schroeder, primer violín en los conciertos orquestales del Festival Mozart. En la presente ocasión, las piezas escogidas para inaugurar la temporada camerística desafían de algún modo el apelativo. No en vano se trata de dos piezas verdaderamente grandes, extensas en duración pero -sobre todo- enormemente ricas en lo musical: tanto el Trío en si bemol mayor, Kv.502, de W. A. Mozart como el célebre Quinteto en la mayor, D.667, "La trucha", de Franz Schubert cuentan con una proliferación inusitada de temas, que desbordan las previsiones del oyente, por mucho que se encuentre familiarizado con las mismas. Sin duda representa ello uno de los misterios en torno a la música fácil de los compositores en cuestión.

El trío de Mozart es el segundo de una serie gloriosa, iniciada meses antes con el Trío en sol mayor, Kv.496. Creados ambos con treinta años, evidencian la madurez incuestionable del compositor, que se adelanta a su época en el modo como expone y desarrolla los temas, así como en el papel cada vez más inter pares de los instrumentos. El piano carga todavía con el protagonismo, pero busca entablar un diálogo en igualdad de condiciones con el violín, mientras que el violonchelo no se limita ya a repetir las frases de los instrumentos dominantes. Esta flexibilidad compositiva, este intercambio de roles pudo celebrarse con brillantez gracias al conjunto reunido para la ocasión. El buen entendimiento fue la tónica de la velada, ya desde el Allegro inicial. La participación, la entrega fue equitativa e incondicional, alternándose las conversaciones entre el piano, el violín y el violonchelo. No deja de sorprender el carácter jocoso y emotivo de las filigranas mozartianas. El Mozart adulto no ha olvidado la infancia, momento en que con gran seriedad jugaba a ser compositor para asombro de sus contemporáneos, quienes tantas veces hubieron de sentirse como niños frente al prodigio.

-Christian Zacharias reprodujo esos juegos, esa ligereza sublime, ayudado por el empuje incesante de la violinista Julia Schroeder. En su énfasis por acompañar al pianista pudo cometer, en efecto, alguna que otra imprecisión; pero aún así el atrevimiento siempre compensa: ahorra al espectador el tedio de una interpretación comedida y gris (algo mucho más grave, si lo que se espera de un recital es el disfrute de una interpretación genuina y vívida, no enlatada). Además, Shroeder demostró una sensibilidad exquisita en el Larghetto, al explorar con tacto y decisión los diferentes matices, las sucesivas veladuras que emanan de la partitura. El carácter imaginativo de la misma culminó en el Allegretto final, en que abundaron los cambios de ritmo y los saltos tonales, para disfrute del oyente. Aun siendo confeccionada para el consumo privado, la obra llenó la totalidad del espacio sonoro y llegó favorecida por una ejecución más que satisfactoria, próxima al espíritu desenvuelto e ingenioso de su compositor .

En la segunda parte del concierto se interpretó la que posiblemente sea la obra más conocida del repertorio de cámara, el quinteto de Franz Schubert que lleva el título del lied "La trucha" (die Forelle), al retomar la melodía de la mencionada canción en el Andantino, cuarto y penúltimo movimiento, en que se suceden variaciones del tema. El poema en que se basa tanto la canción como el quinteto relata la vivencia de un sujeto contemplativo, clásicamente romántico, que se encuentra relajado y feliz junto a un río. La trucha, no menos feliz, parece acompañarle en sus pensamientos; hasta que llega un pescador, y con la presencia del anzuelo se rompe el clima de ensoñación (seguramente no sea necesario relatar el final...).

Volviendo al Auditori, decir que también la interpretación de esta pieza, que contó con la incorporación de Joaquín Riquelme a la viola y Cristoph Rahn al contrabajo, fue sobresaliente. La entrada al unísono confirmó el entendimiento de los músicos. De hecho, la indicación del primero movimiento, Allegro vivace, fue literalmente ejecutada. Pudo escucharse el chapaleo del animal celebrado, con fluidez elocuente y una energía notoria (¡más propia del salmón en su remontar el curso del río!). Fue un placer, en cualquier caso, escuchar por enésima vez una obra como la presente, y -sobre todo- disfrutarla como la primera. La acción de los intérpretes, sólidamente enlazada por sus miradas en semicírculo cómplice, deparó una gran experiencia auditiva, algo especialmente complicado al tratarse de una obra tan conocida y grabada, para la cual todo melómano dispone de una versión favorita (dos referencias ineludibles: la de Sviatoslav Richter con el Cuarteto Borodin o la de Clifford Curzon con los miembros del Octeto de Viena).

La correspondencia entre público e intérpretes quedó sellada antes de tiempo, cuando en un silencio del Allegro giusto, último movimiento, algunos oyentes intuyeron el final y precipitaron el aplauso de otros tantos. Un gazapo causado menos por la impaciencia y más -seguramente- por las ansias de agradecer la ejecución. A pesar de la interferencia, la sonrisa de la violinista denotó satisfacción.

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