Jacobo Zabalo 18-08-2011
OBC; Pablo González, dir.
L'Auditori, 20 de mayo de 2011
La sesión de "Homenaje sinfónico" a Mahler (100 años de su muerte) se inició con la transcripción orquestal realizada por Anton Webern sobre una obra de J.S. Bach, transcripción que resalta los aspectos más disonantes de la composición original, partiendo del acostumbrado pero no por ello menos asombroso contrapunto para dar pleno protagonismo al color, a partir de una selección cuidadosa de los instrumentos solistas que interpretan ese Ricercare nº2 de la Ofrenda musical. Bach no precisó los instrumentos de las composiciones de ese compendio de fugas y cánones, como si fueran compuestas a modo de divertimento intelectual. Es toda una hazaña, que la OBC puso de relieve, lograr por ello que sobreabunde el color, combinando una fascinante sensación de aleatoriedad con su opuesto, es decir, la certeza de que todo obedece a un plan preestablecido.
De esta espontaneidad mágica, en absoluto improvisada, se dio paso a una obra sinfónica archiconocida, de la que realmente cuesta extraer algo que no suene a oído. Con el plantel orquestal ya mucho más numeroso, se interpretó la sinfonía Inacabada de Schubert. Fue una versión precisa pero no del todo fluida, con transiciones algo abruptas. Quizá por la supuesta facilidad o el pre-conocimiento de esta partitura mítica por parte de los músicos, o quizá porque programar y dirigir cuatro obras sinfónicas en una misma velada es sumamente complicado, lo cierto es que la versión de la penúltima sinfonía schubertiana sonó algo desmembrada. Pablo González puso toda la intención del mundo pero la respuesta no llegó, al menos no en esta pieza. Schubert sonó casi dócil, en buena medida a causa de la pasividad en la sección de cuerda, exenta de liderazgo también a lo largo del segundo movimiento.
Tras la pausa de rigor se esperaba un cambió de timón, y efectivamente llegó, aunque más tarde de lo deseado y de forma no menos inesperada. El único movimiento de la Décima sinfonía que Mahler pudo acabar se inicia con una declamación de las violas a modo de introducción, que invoca al resto de cuerdas y a los vientos, progresivamente. Es un comienzo fascinante, en que se produce un crecimiento de lo musical desde la nada, alcanzando una plenitud que conocerá diversas modulaciones en este Adagio, hasta bordear el abismo del silencio. Pero en la interpretación de la OBC el inusitado y crucial protagonismo de las violas se les cruzó. No hubo forma de disimular el entuerto, hasta que unos espectadores de las primeras filas, conversando aún o desenvolviendo infinitos caramelitos con plastiquitos que toda la sala oye (con tal de no toser, vale lo que sea, esta es la última moda) le sirvieron al director en bandeja la oportunidad para recomenzar, tras una reprimenda justa y necesaria. Fue un bochorno doblemente fructífero, que en el fondo mereció la pena, pues a la segunda la cosa sí funcionó. De menos a más, la orquesta recobró el pulso y acabó brindando una gran versión del Mahler más inspirado y profundo.
La velada se culminó por todo lo alto con la interpretación de Muerte y transfiguración, composición de tintes metafísicos que Richard Strauss concibió como descripción musical del trance último. Una aspiración quizá exagerada, que en su orquestación resulta, con todo, sumamente interesante. Por medios distintos, sutil o enfáticamente, esta meritoria especulación alcanza el alma del oyente, involucrado de un modo inevitable en aquel asunto. La OBC pudo desplegar sus mejores bazas en esta partitura exigente, que evidenció el gran trabajo promovido por el director. Más gesticulante de lo habitual, Pablo González logró extraer lo mejor de una orquesta con altibajos y distracciones, en lo que fue una verdadera, quizá excesiva maratón de sinfonismo.
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