Jacobo Zabalo 29-10-2010
Orquesta Sinfónica de la Radiodifusión Bávara
Adam Fischer, dir.
Palau de la Música, 25 de octubre de 2010
La Orquesta Sinfónica de la Radiodifusión Bávara (Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks) es una orquesta superlativa, de las que no se suele tener ocasión de escuchar demasiadas veces en directo. Por lo general acostumbra a sonar en nuestros hogares, a través de los numerosos registros discográficos realizados a partir de los años sesenta bajo la dirección de Rafael Kubelik, con quien -entre otras- grabaron una fantástica integral de las sinfonías de Mahler.
Fue una lástima en la presente ocasión que el aclamado director titular, Mariss Jansons, causara baja de última hora por motivos de salud. Adam Fischer, director experimentado, demostró trabajo y pasión al frente de la orquesta, y aprovechó para realizar un cambio en el programa. La Sinfonía nº9 de Shostakovich fue reemplazada por una obra de Ligeti poco conocida, el Concert românesc para orquesta, que data de 1951. Se trata de una de sus primeras obras destacables, y eso a pesar de que se aprecia sólo muy discretamente el lenguaje musical que popularizaría en creaciones como Atmosphères, accesibles al gran público -también al no melómano- a través de 2001. Una odisea en el espacio. Kubrick será recordado por muchas cosas, entre otras por poner sonido al universo a partir de aquellas piezas de Ligeti y hacer bailar un vals de Strauss a una estación espacial.
Una de las principales diferencias entre la mayoría de orquestas y las grandes orquestas es la forma como atacan la primera obra. En el caso de la Symphonieorchester des Bayerischen Rundfunks no hubo titubeos: el Concert românesc fue ejecutado con una contundencia y precisión asombrosas. Seguramente con las Rapsodias rumanas de Enescu como referente, esta pieza recrea el folclore en su sentido más profundo. Lejos de ser una mera compilación de melodías populares lo que encontramos es una decantación de su esencia, por momentos escasamente melódica o agradable, incluso burlesca e irritante. Ya que se habló de cine, recuérdese aquella escena de Muerte en Venecia con los músicos cíngaros alterando el ambiente. Pero, volviendo al concierto del Palau, Adam Fischer imprimió un tempo vibrante sin perder los detalles, demostrando ya desde el inicio que los pasajes pianissimo iban a sonar verdaderamente pianissimo. El contraste entre silencio y estruendo, entre la calma y el apoteosis reaparecería con la Quinta sinfonía de Beethoven, ya en la segunda parte.
Antes no obstante tuvo lugar la interpretación más tibia de la noche. Con la misma precisión pero sin acabar de hilar el discurso sonoro, la Sinfonía nº97 de Haydn sonó vacía, como desalmada. Algo incomprensible, por dos motivos complementarios: el primero -se intuye ya- es el calibre de la orquesta, de enorme fiabilidad; el segundo -argumento de más peso, si cabe- es que Adam Fischer ha grabado con solvencia contrastada la integral sinfónica de Joseph Haydn junto a la Orquesta Austrohúngara Haydn. Por tanto, ¿qué sucedió? Nada especialmente grave -dicho sea de paso- pero tampoco nada digno de mención. Quizá porque esta obra es una de las más discretas del glorioso ciclo que cierra la producción sinfónica de Haydn, el caso es que no se produjo el efecto esperado, tanto más a tenor de lo augurado con el arranque de Ligeti. Lo más reseñable son los cuatro tímidos aplausos entre primer y segundo movimiento que el director se tomó de buena manera; lo confirmó el hecho de que se girara con una sonrisa entre el segundo y el tercero, como animando a una reedición más sonora de aquella aventura anteriormente frustrada.
Con la Quinta sinfonía de Beethoven se alcanzó el momento más esperado de la velada, y quizá de todo el ciclo Palau 100 de la presente temporada. Poco se puede añadir a lo dicho y escrito ya a propósito de esta obra, especialmente conocida por su aceptación popular. Más complejo resulta a estas alturas, no obstante, el dar con una interpretación sobresaliente. La Sinfónica de la Radio Bávara fue de menos a más en su lectura de esta pieza archiconocida. Los embates iniciales, cuyo supuesto sentido Bernstein gustaba parodiar, no sonaron ni tremendos ni danzables. No fue una visión romántica, la más habitual, ni tampoco rompedora por una cierta liviandad, como en los últimos tiempos plantean algunas revisiones historicistas (la de Tafelmusik, por ejemplo, conjunto dirigido por Bruno Weil invitado la pasada temporada). Tampoco sonó con la precisión de la inigualada grabación de Carlos Kleiber ni con la garra de la de Gardiner, grabada por cierto en el mismo Palau en 1992. Disculpen las comparaciones, pero es que se trata de explicar a qué sonó esta sinfonía en su -ya de por sí- enigmático comienzo, y aún ahora cuesta explicitarlo.
El primer movimiento fue bien interpretado, contundente pero sin ascendencia en el resto de la sinfonía, cuyo potencial creció exponencialmente a partir del segundo, tercero y -de forma llamativa- en el cuarto movimiento. Como en la sinfonía de Haydn, los episodios del Allegro con brio inicial parecieron excesivamente desligados, las transiciones precisas pero poco fluidas. Se echó de menos la flexibilidad requerida para esta sinfonía, siendo la orquesta exageradamente numerosa en efectivos. Si no puede decirse nada en cuestiones de técnica, realmente asombrosa en los miembros de este conjunto (muchos de ellos jóvenes), parece que faltó un criterio fijo para la interpretación de la Quinta sinfonía. Lo fácil sería achacar este problema a la ausencia de Mariss Jansons, pero esta cuestión resulta -como tantas otras- imposible de determinar retrospectivamente. Menos difícil de sostener es que con el tercer movimiento la concentración de los intérpretes comenzó a dar frutos. Pudieron oírse detalles de la partitura que habitualmente pasan inadvertidos y se preparó el camino a un finale memorable. El movimiento Allegro. Presto hizo honor a la indicación de Beethoven: hubo furia y pasión, un ritmo vertiginoso en la conclusión de esta sinfonía.
Nunca deja de sorprender, no deja a nadie indiferente el presenciar a una orquesta tan numerosa interpretando a pleno rendimiento la partitura, casi como si el mundo se acabara. La velada pudo no ser redonda, pero los momentos de brillo y empuje, la indiscutible entrega por parte de los intérpretes hizo del evento una ocasión propicia para el disfrute, ejemplarmente conducida por el director suplente, Adam Fischer, quien decidió completar el evento con dos bises muy aplaudidos, en especial -no podía ser de otro modo- aquella Danza húngara de Brahms que Chaplin empleara en la hilarante escena de la barbería.
Fotografies d'Antoni Bofill
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