Triunfal Edita

Jacobo Zabalo 21-04-2009

Gran Teatre del Liceu, 21 de abril de 2009

Edita Gruberova, soprano
Sebastian Weigle, dir.
Orquestra de l’Acadèmia del Gran Teatre del Liceu


Antes de abrir la boca y proferir el más mínimo, por supuesto (por todos supuesto) sublime sonido, ya había triunfado. Con una ovación más propia de la clausura la recibió un público entregado desde el inicio, agradecido por las incontables veladas de deleite. Lo cierto es que pese a la rendición incondicional por parte del respetable el papel de diva no se le subió a la cabeza a Edita Gruberova. Más bien lo adoptó con plena conciencia, como un reto operísitico. Sin necesidad de revalidar el título, hizo aún así todo lo posible para merecerlo. Sobra decir el resultado.

El concierto, dedicado a Wolfgang A. Mozart, se había iniciado todavía en ausencia de Edita Gruberova, con la interpretación de la obertura de Lucio Silla, una ópera temprana, considerablemente prematura en que el compositor de Salzburgo deja entrever las maneras que lo convertirían en referente operístico para las generaciones futuras. La Orquesta de la Academia del Gran Teatre del Liceu, dirigida por Sebastian Weigle (quien ya demostró en diversas ocasiones su empatía con las composiciones mozartianas), buscó el preciosismo poniendo la atención a los aspectos más sutiles de la partitura. Aún así, le faltó algo de atrevimiento al conjunto, lo cual repercutió en la precisión interpretativa, que pudo haber sido mayor. Al contrario de lo que podría esperarse, la moderación en las acometidas suele empañar la fiabilidad del conjunto. Dos eximentes deben ser aducidos, en este caso: por una parte lo numeroso del plantel orquestal, que dificulta en efecto el arrojo (a menos de que se trate de la Filarmónica de Berlín), y por otro la juventud de todos sus componentes, que realizaron una tarea más que notable. Incluso podría mencionarse un tercero para explicar la excesiva timidez orquestal. Y es que el protagonismo de la velada –qué duda cabe- había de corresponder en lo sucesivo a la soprano.

Edita Gruberova entró entonces en escena, siendo -como se sabe ya- aclamada hasta la saciedad. Correspondió a la calidez del público con suma discreción y se centró en la primera de sus arias. Del alborozo inicialmente reseñado, la celebración por el reencuentro con la soprano, se nos transportó a una de las más tremendas escenas de La flauta mágica, en que una Pamina desesperada tantea la posibilidad de darse muerte (“Ach ich fühl’s”). No deja de sorprender que una ópera tan ligera, casi para un público infantil, incluya pasajes tan lúgubres como el citado (comparable a su vez al conato de suicidio por parte de Papageno). Gruberova estuvo a la altura como intérprete, supo ahondar sin exageraciones en el desequilibrio anímico del personaje. El timbre de su voz, hermoso y comunicativo, permitió explorar el patetismo de la situación y sensibilizar al personal. Lamentablemente, esta atmósfera se desvaneció con rapidez, en el mismo momento en que hubo de abandonar el escenario para que tuviera lugar la interpretación de la Obertura de la ópera de Domenico Cimarosa Il matrimonio secreto. Si cabe señalar un punto negro, en un concierto tan sensacional, sin duda que fue ese constante salir y entrar, entrar y salir, con sus lógicos minutos de forzada, indeseada interrupción.

Tras la ejecución de la Obertura por parte de la orquesta, convertida en protagonista, se produjo el esperado retorno de la soprano, que abundó en la profundidad psicológica y la emotividad, en ocasiones melancólica, de las heroínas mozartianas. Todavía en alemán (todas las arias de la primera de hecho fueron cantadas en este idioma) con una dicción impecable, se encarnó en la Konstanze de El rapto en el serrallo. Se dice con razón que Mozart honró a los personajes femeninos al dotarles de una riqueza de matices insólita en la época. Son muchas (desde la avispada Despina del Cosí fan tutte a la Condesa de Las bodas de Figaro, pasando por supuesto por tantas otras: Fiordiligi, Ilia, Donna Elvira, Vitella…) las mujeres que demuestran una personalidad decidida cuando no inquebrantable, fundamentada sobre cimientos sólidos, por lo general dignos de admiración.

Pero volviendo a la Konstanze interpretada por Edita Gruberova, lo cierto es que convenció ya en su primera aria, sembrando el camino del triunfo que acontecería con la segunda, célebre por el virtuosismo requerido (“Marten aller Arten”). La protagonista de la ópera se muestra impertérrita ante todos los sufrimientos que su captor, el Bassa Selim, amenaza con infligirle si no cede a su amorosa voluntad. Compuesta ex profeso para la Cavalieri, una de las sopranos más reputadas en tiempos de Mozart, esta aria de bravura gozó de una lectura convincente por parte de Edita Gruberova, quien rehuyó con inteligencia la mera exhibición y demostró por el contrario una sabiduría encomiable. Al intermedio se llegó con una extraña, nada frecuente sensación de plenitud. Con la satisfacción de haber presenciado un evento redondo, como si no faltaran todavía por llegar una buen puñado de momentos mágicos.

La segunda parte se inició, como la primera, con la interpretación de una pieza orquestal extraída del repertorio operístico, concretamente la Obertura de Las bodas de Figaro. Con más brío que la versión ejecutada esta misma temporada bajo la batuta del Maestro Ros-Marbà, la Orquesta de la Academia del Gran Teatre del Liceu dirigida por Sebastian Weigle dio paso a la primera de las arias italianas (todo lo serían tras el intermedio, en contraste a lo sucedido antes), perteneciente a la mencionada ópera. Edita Gruberova abordó con decisión una de las páginas más emotivas y punzantes de Las bodas de Figaro, contrapunto oscuro al motivo de la celebración nupcial; a saber, la trama de desencuentro entre el Conde y la Condesa, matrimonio consolidado y disuelto sentimentalmente por el paso del tiempo. “Dove sono i bei momenti” recoge con patetismo el lamento por la pérdida de ilusión, que en el caso del Conde se manifiesta abiertamente, como distracción donjuanesca, mientras que la Condesa la disfraza a lo largo de la obra como simpatía hacia Cherubino, farfallone amoroso que combina la entrañable espontaneidad del niño y la picardía del seductor adulto.

Una nueva interrupción tuvo lugar (tras el arrebato de carácter con que concluyen tantas arias, en principio delicadas, protagonizadas por las heroínas mozartianas) para brindarnos el momento orquestal más lúcido de toda la velada: la interpretación de Das Märchen von der schönen Melusine. Esta obertura es un todo alarde compositivo de Felix Mendelssohn, quien rehuyó modas y etiquetas sin apenas hacer ruido. Romántico por época, admirador de las piezas más complejas de Beethoven y tocado, como Mozart, por la gracia de una ligereza sublime y una inteligencia excepcional (el oyente lo detectará en el equilibrio de sus partituras y su común facilidad para la melodía) recuperó asimismo buena parte del legado de Bach, que entonces no gozaba de una atención especial. “Tuvo una virtud rara entre artistas –señaló Friedrich Nietzsche- el agradecimiento sin reservas”. En efecto, este sentimiento de gratitud, como celebración de lo vivo, hace que la espontaneidad de sus composiciones afecte en lo más profundo al oyente, despertándole además -ahora sí, como buen romántico- la facultad para crear y recrear imágenes y vivencias; la Einbildungskraft que otro compositor, más conocido ciertamente como literato, E.T.A. Hoffmann, explotó en sus relatos fantásticos, entre los cuales aquel célebre inspirado en el Don Giovanni.

Las dos arias siguientes habrían de ser precisamente extraídas de la que para muchos es la ópera más grande del compositor salzburgués. Gruberova se mantuvo comunicativa y sin sobreactuar (algo que acostumbra a suceder en tantos recitales operísticos, como para compensar la ausencia de escenificación) interpretó con fidelidad, de forma notablemente diferenciada por tanto, los papeles de Donna Elvira y Donna Anna. La cólera de la primera, despechada tras su abandono por el seductor, salió a relucir en “Mi tradi quell’alma ingrata”. Gruberova se metió tanto en el rol que al final del aria hizo volar unos de sus pendientes. En el caso de la segunda (“Non mi dir…”), la situación es mucho más ambigua: Donna Anna viene de confesar a su marido la necesidad de esperar un tiempo hasta el matrimonio. Nunca se sabrá, forma parte de la ficción, hasta qué punto el asalto infructuoso de Don Giovanni deja huella en este personaje, ya que de un modo u otro (sea vía negativa, traumática, o por un deseo secreto y frustrado) se encuentra por él condicionada. La intervención de Gruberova fue, especialmente en la aria que habría de cerrar el programa, exquisita. Demostró un entendimiento profundo del personaje, cuyo papel le sentó, en esta pieza culminante, como un guante.

Con la plenitud de la primera parte reduplicada, el público todavía se benefició de dos propinas. El primero de los bises remitió a la atmósfera delicada de Le nozze, con un aria de Susanna (“Deh, vieni, non tardar”) que hizo las delicias de los asistentes por su riqueza tonal y, sobre todo, por una entonación, la de la Gruberova, ciertamente embriagadora. Todos los adjetivos se quedan cortos cuando se trata de comunicar lo incomunicable de la expresión estética en su inmediatez. El segundo bis, el aria de Elettra (personaje del Idomeneo) fue la ruptura, un torbellino endiablado que supuso el cierre. Si gratuitas, completamente innecesarias fueron estas enjundiosas propinas, no menos generosa resultó la atención dispensada por la soprano en el capítulo de ovaciones. También es un arte el saber agradecer los agradecimientos.

Los aplausos dirigidos a Edita Gruberova fueron casi infinitos, literalmente inacabables. De nuevo hubo de entrar y salir, y salió y volvió a entrar unas cinco veces, hasta que optó por quedarse en el escenario, una vez retirada incluso la orquesta. En lo que parecía su adiós definitivo, cuando por fin se recluyó, hubo todavía quien la reclamaba por su nombre de pila, y a grito pelado. Las vociferaciones surgieron efecto: salió por enésima vez, para intercambiar palabras y dejarse fotografiar con sus más acérrimos admiradores, que no eran pocos (una cincuentena de personas). Fue un gesto absolutamente humilde, habiendo ya triunfado: el rebajamiento que agranda la leyenda de los grandes.

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