LPC3 és la versió 3.0 de La Porta Clàssica. Un mitjà de comunicació molt proper a la realitat musical i artística més innovadora que difon i fomenta les noves iniciatives i grups creatius emergents, i que és sensible a l'opinió i les tendències del públic
Jacobo Zabalo 22-01-2009
Obras de Shostakovich y Mahler
L’Auditori de Barcelona, 22 de enero de 2009

Orquesta y coro del Teatro Mariinski de San Petersburgo
Zlata Bulicheva, mezzosoprano; Marina Shaguch, soprano
Valeri Gergiev, director
El concierto se inició, inesperadamente, con la interpretación de una obra fuera de programa, a modo de conmemoración del 25 aniversario de los organizadores del evento: la Obertura Festiva de Dimitri Shostakovich. Un tanto raro, como desubicado, sonó el speech informativo por parte de uno de los máximos responsables de la empresa en cuestión. Con su particular partitura pronunció un texto breve e insulso, que bien pudiera haber improvisado. En lo que respecta a lo musical, la primera e imprevista pieza resultó, haciendo honor a su título, profundamente festiva. Compuesta como para desfilar, los metales la interpretaron con la jocosidad de algunas de las obras jazzísticas de Shostakovich.
La fanfarria de apertura, estridente y animosa, no sirvió en cualquier caso para que los oídos desconectaran del mundanal ruido, ni tampoco para que se dispusieran en el estado de ánimo idóneo, teniendo en cuenta obra siguiente, originalmente única ofertada. La tarea de elaborar un programa no es precisamente sencilla, pero los remiendos dos por uno a última hora afectan a la coherencia del mismo. Las sinfonías de Gustav Mahler recrean o al menos pretenden recrear un mundo, son un todo coherente en sus partes, por lo que se antoja problemática la tentativa de añadirle un apéndice, sea a modo de glosa o de preludio. Cuando no hace tanto Riccardo Chailly interpretó con la Gewandhaus de Leipzig la séptima sinfonía de Mahler en el Palau de la Musica no se le ocurrió agregar obra alguna, y aun así la satisfacción, la gratificante sensación de plenitud, al final, fue total. Algo semejante sucede con los bises, cuando el concierto ha sido ya completo. Si el intérprete se ha vaciado en cuerpo y alma, si se ha entregado al máximo (insisto, al máximo) ¿es justo exigirle algo más? Distinta, y acaso menos honesta parece la opción de programar a la baja para recrearse en los encores. Pero ese es otro tema.
Volviendo a la cuestión principal, debe decirse que la segunda sinfonía de Gustav Mahler, la llamada Resurrección, es compleja en lo programático y enorme, inconmensurable en sus aspiraciones metafísicas. Se ponen en juego todo tipo de recursos orquestales, además de coro, y un soporte textual con trasfondo manifiestamente religioso. Tras la declaración de intenciones de la Titán, arquimédico punto de apoyo para la configuración de un nuevo concepto sinfónico, Mahler ensaya una pirueta mortal; un salto al vacío que pone de manifiesto sus más íntimas inquietudes, y que el director de la ocasión que nos concierne no supo plasmar con la fineza que merece, optando en cambio por una versión de corte espectacular y moderadamente plana, comparable a las ofrecidas por Karajan (quien, sobra decirlo, no ha pasado a la fama como mahleriano).
Valeri Gergiev, reconocido director de orquesta, no pudo evitar que el inicio de la sinfonía cogiera desprevenido a más de uno (hablamos de la sección de cuerda, concretamente, sección inactiva en la obra de Shostakovich), en un inicio que, como es sabido, requiere máxima tensión. La idiosincrasia de la orquesta se puso pronto de manifiesto, al recobrarse y hacer gala del equilibrio que se espera de una centuria como esta. Ni absolutamente contundente ni destemplada, la Orquesta del Teatro Mariinski de San Petersburgo contó en cualquier caso con el oficio de los músicos para construir, o mejor reconstruir el universo sonoro de esta colosal, en muchos pasajes inalcanzable obra. A pesar del protagonismo apagado de los violines (muy por debajo de las cuerdas graves), y con desigual fortuna, el director trató de reflejar la multiplicidad de tensiones musicales que desde lo mundano se dan cita en este camino hacia la trascendencia. Probablemente fue en el Scherzo, tercero de los movimientos y punto de inflexión de la sinfonía, cuando la orquesta brilló con mayor intensidad. El pasaje dio pie a uno de los momentos más célebres, en que la mezzo hizo su aparición: Zlata Bulicheva demostró un timbre hermoso al declamar el Urlicht, acompañada adecuadamente por la orquesta, lenta y solemne.
La resurrección se celebró poderosamente, con pompa y dramatismo, en el último de los movimientos, culminación de una interpretación venida a más. Muy efectista, la orquesta se recreó en los contrastes y juegos escénicos; así, por ejemplo, con la ejecución desde el backstage de una fanfarria (¿motivo suficiente para justificar la Obertura de Shostakovich?). La intervención de la soprano, Marina Shaguch, escenificó un sutil diálogo con el coro del Teatro Mariinski, que confirmó las mejores expectativas. Se produjo entonces el tan esperado momento, desde el punto de vista dramático: cuando el alma conversa consigo misma, y afirma una existencia más allá de la muerte. La nueva intervención de la mezzosoprano, en la parte final, apuntó el sentido de la vida y su fundamental trascendencia, reformulada por Mahler desde un poema de Klopstock: “¡Es tuyo, bien tuyo, aquello que anhelabas! ¡El que ha muerto, resucitará!”.
Evidentemente, subsiste un problema no menos fundamental: ¿cómo comunicar un mensaje como aquél, esto es, tan absolutamente metafísico? No hay duda que resulta mucho más sencillo diagnosticar su fracaso, desde la comodidad de la butaca, que promover su éxito ensayo tras ensayo, hasta la consecución de una experiencia musical que lo sugiera. A pesar de ello, y asumiendo el logro de los intérpretes, es preciso señalar que la interpretación de Gergiev no acabó de cuajar. Orquesta y coro mantuvieron un nivel más que aceptable, pero todavía excesivamente mundano. Fuera por causa de razones tan superficiales como la pose altiva de Gergiev y el amaneramiento de su dirección (comparable al de Herr K, pero sin batuta), fuera por el tick nervioso que le hacía peinarse y repeinarse de continuo, o fuera por otros motivos, mucho más profundos y quizá inescrutables, el caso es que la Resurrección no condujo a la tan anhelada elevación. Cierto que se oyeron muchos aplausos, al final; pero el silencio brilló asimismo por su ausencia, en el curso de una velada que se quería espiritual.
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