Jacobo Zabalo 05-05-2010
Trio Wanderer
Palau de la Música, 15 de abril de 2010
En el tercero de los cuatro conciertos selectos que organiza el ciclo Palau100 en formato de cámara, el Trío Wanderer ofreció un programa enjundioso, claramente estructurado, con obras de Franz Joseph Haydn y Felix Mendelssohn en una y otra parte. Dos grandes compositores, fenomenales sinfonistas, que también dejaron huella con su producción camerística. El contemporáneo de Mozart fue reconocido por su arte en la composición de cuartetos (arte por el cual, precisamente, el salzburgués le rendiría homenaje) mientras que Mendelssohn quiso recoger explícitamente el testimonio del último Beethoven en algunas de sus composiciones de cámara, como por ejemplo en sus complejos, escasamente programados cuartetos.
Pocos tríos han recibido más elogios y premios que el conjunto invitado. Es el Trío Wanderer una formación madura, con una forma propia de atacar las partituras; una formación que arremete sin vacilaciones, que se compromete manifiestamente en el curso de la interpretación, rehuyendo clichés o sendas fáciles. Así, el Trío en do mayor, Hob.XV:27 de Franz Joseph Haydn, primera de las obras interpretadas, recibió una lectura trepidante, con tiempos sumamente vivos. La indicación del último movimiento, Presto se quedó ciertamente corta. Esa sería la tónica de la velada. Con pasión y no menos vehemencia sonó el Trío en re menor, op.49, de Félix Mendelssohn. Fue un alarde de emotividad desde los primeros compases, un manifiesto romántico de comienzo a fin. Sin descuidar el rigor, el Trío Wanderer prefirió decantarse por la expresividad, potenciando de forma evidente los aspectos más genuinamente emotivos de la partitura. Mendelssohn pasa por ser un clásico dentro de su época, pero esta pieza lo ratifica de pleno en el movimiento artístico y espiritual comúnmente aludido como Romanticismo. El primer trío de su opus, compuesto en plena madurez creativa (teniendo siempre en cuenta lo prematuro de su fallecimiento) es una de las obras más logradas y emblemáticas del movimiento, con temas poderosos que conocen desarrollos de gran inteligencia musical, como anunciando la producción de Johannes Brahms. No en vano recibió la bendición de Robert Schumann, quien afirmó que seguiría "cautivando a nuestros nietos y bisnietos".
Como en la primera parte, también después del intermedio la apuesta interpretativa del Trío Wanderer lució especialmente en la composición de Mendelssohn, el Trío nº2 en do menor, op.66, donde el atrevimiento mismo se encuentra tematizado, indicado temporalmente (con ese inicial Allegro energico e con fuoco). También el Trío en la bemol mayor, Hob.VX:14, de Haydn, contó con pasajes interesantes, como el inspirado Adagio. La interpretación de ambos confirmó en cualquier caso la vibrante participación del piano, la sonoridad bellísima del violonchelo y hasta una cierta apatía del violinista, que se conformó meramente con cumplir con su parte. Pudo sorprender el sonido apagado de su Guarneri, violín de época que para muchos compite con los célebres Stradivari. Lo cierto es que contrastó dramáticamente con las intervenciones del otro instrumento de cuerda, que se mostró entregado y comunicativo de comienzo a fin. Como propina, el Trío Wanderer volvió a Haydn para interpretar un Allegro de aires cíngaros, movimiento animoso y vibrante, perfectamente evocador de la aproximación efectuada a un compositor, el austríaco, que mantuvo fuertes vínculos con el país vecino y su folclore, como demuestran algunas sinfonías así como el finale de su concierto para piano más conocido.
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