Divinas blasfemias de invierno

Jacobo Zabalo 20-01-2012

Winterreise, de Franz Schubert

Thomas Bauer, barítono; Jos van Immerseel, pianoforte

Zig-Zag, 2011

-¡Por fin un Winterreise a la altura de las circunstancias! Que me perdone el dios del género (D. Fischer-Dieskau) por la blasfemia que estoy a punto de proferir... pero es que la reciente grabación de Thomas Bauer, con Jos van Immerseel al pianoforte, supone una noticia sensacional para los muchos melómanos que tienen la buena costumbre de deleitarse con la musicalización que Franz Schubert hiciera de aquellos punzantes poemas de Wilhelm Müller, sin duda uno de los hitos de la música clásica. Demasiado a menudo recibimos con esperanza, y posterior decepción, versiones que se dicen herederas de las que aquel barítono realizara con su inseparable Gerald Moore. En el fondo no se trata aquí de limitarse a equiparar versiones, pues presentan notables diferencias, con la común -eso sí- apuesta por una autenticidad interpretativa; autenticidad formalmente plasmada de modos distintos, que logra sin embargo trasladar al lector una verdad gélida y hermosa, que se impone con una radicalidad admirable.

Comenzando por el acompañamiento, se aprecia un contraste más que llamativo entre esta nueva versión y la mayoría de cuantas se hallan disponibles: el frecuente piano de cola es aquí sustituido por un instrumento semejante al empleado por los intérpretes de la época y -hemos de suponer- por el mismo Schubert. La austera sonoridad que recrea el pianista flamenco es de una belleza excepcional: asumiendo que la voz lleva el peso del protagonismo, logra evocar, con todo, los paisajes anímicos (paisajes helados, de incontestable belleza) que aquella describe. El caminante transmite un periplo verdaderamente desolador en la versión de Bauer, quien osa asomarse, de forma por lo general impecable, al modus operandi de Fischer-Dieskau. Puede recordar su timbre al de aquél, si bien en la declamación encontramos -por supuesto- matices personales, ausentes en las versiones del absoluto maestro del Lied schubertiano. Como en aquel, su dicción es fluida y natural, perfectamente medida incluso en los pasajes más arduos. Lo que más sorprende en este caso, no obstante, es la conjunción de una voz enormemente dúctil con la discreta pregnancia del pianoforte, cuya idiosincrásica reverberación crea un clima único. Como a la luz de la vela participamos de una narración que nada tiene de pretérito (al menos no suena como tal), ni su recuperación autenticista se vive como un artificioso revival arqueológico. Moderna y renovadora en sus planteamientos, esta grabación aporta por fin algo diferente al tiempo que logra reflotar aquel espíritu original, plasmado ya por la dupla Fischer-Dieskau/Moore.

La inauguración de este ciclo schubertiano, con una canción que en sí misma parece una despedida (Gute Nacht), representa desde siempre un punto de referencia para los restantes episodios. El lector asiste gratamente a una excelente obertura en la versión Bauer/Immerseel, cuyos momentos más impactantes están todavía por venir: Gefrorne Tränen, Wasserflut, Auf dem Flusse son algunas de las canciones más emotivas. A destacar, asimismo, el atrevimiento en el tempo de Die Krähe de modo a representar el vuelo siniestro y carroñero del animal que sobrevuela en círculos al caminante, un atrevimiento que se duplica con el graznido nauseabundo que evoca Thomas Bauer. El cierre de este ciclo, célebre por la sempiterna melodía del organillero (Der Leiermann), se acompaña de un efecto poco habitual: se sugiere la zanfoña que hasta el final mismo marca los pasos fúnebres, en la nieve, del caminante errabundo.

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