Jacobo Zabalo 08-10-2011
Sviatoslav Richter, piano
Hänssler Classic, 2011
Sereno y meditativo, con una clarividencia sobria, profunda. Así hubo de aparecerse Sviatoslav Richter frente a su público del Festival de Schwetzinger, el 15 de mayo de 1994, prácticamente en la recta final de una carrera repleta de éxitos. Con un programa escogido por el puro placer de tocar, fiel a sí mismo y casi ascético en la seriedad de su búsqueda, de la mano de una gravedad antológica Sviatoslav Richter comenzó por abordar una selección de las Piezas líricas de Edvard Grieg. Evocadoras como pocas, estas composiciones supusieron una inmersión en el meollo del recital, que continuaría con el no menos emotivo Preludio, coral y fuga de César Franck, una obra circular, con temas que reaparecen transmutados. Se ha dicho que Franck, organista de profesión, tenía las manos especialmente grandes, lo cual habría repercutido en sus propias composiciones. Observación difícil de contrastar, lo cierto es que la obra en cuestión requiere de una técnica sobresaliente, una técnica que el pianista ruso evidencia también en esta grabación adaptando los tempi, de modo a mantener una coherencia casi monástica, inquebrantable, y realizar una magistral evolución de los materiales.
De la obra del gran compositor que fue César Franck, poco recordado seguramente por su escaso repertorio (posee asimismo un quinteto interesante, además de una conmovedora sonata para violín y piano, que en ocasiones es interpretada con violonchelo, como en la célebre versión de Barenboim y Du Pré), se dio paso a la obra pianística de Maurice Ravel, con la versión para piano de los Valses nobles y sentimentales. La interpretación de Richter registrada en directo demuestra ser sorprendentemente grácil, casi etérea: notas gravitan en torno a un centro que se desplaza, una danza de colores que también incorpora como posibilidad el silencio. Otros juegos, concretamente juegos de espejos en la composición siguiente, homónima (Miroirs): se prodigan nuevos diálogos, fraseos que parecen inacabables y que no obstante se interrumpen de repente, para retomar luego el decurso, el curso de unas aguas llamativamente cristalinas. Richter muestra un temple, una espontaneidad y arrojo en la digitación que uno nunca podría adivinar que se trata de un pianista consagrado, sin necesidad de demostrar nada. Y es que seguramente ahí resida la grandeza, el súmmum de la maestría: en tocar como para uno mismo, persiguiendo una excelencia que no puede no deslumbrar. Ciertamente hubo de ser un espectáculo escuchar a este intérprete en directo. Si bien nunca es consuelo suficiente, registros como el presente testimonian una vocación raramente igualada, con resultados que trascienden su contexto y perduran en la memoria del oyente.
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