Jacobo Zabalo 22-09-2011
M de música. Del oído a la alquimia emocional, de Josep M. Romero Fillat
Alba editorial, 2011
Orienta como un manual pero se lee casi como una novela al contar con capítulos bien definidos, que tratan cuestiones específicas y al mismo tiempo trazan un itinerario, una narrativa perfectamente coherente que transita, en sus diferentes meandros, por los usos más comunes y también más novedosos de la música de todos los géneros, creada en todas las épocas con funciones y formas de disfrutarla o consumirla bien diferentes. Su autor, Josep M. Romero Fillat, conoce como pocos la aplicación de melodías a imágenes en movimiento, no en vano trabaja desde 1983 en el departamento de montaje musical de TV3 y Canal 33. El presente libro representa, así, una muestra del bagaje acumulado a lo largo de muchos años de experiencia, pero no sólo eso. Su autor demuestra una genuina sensibilidad por la materia tratada, que conoce desde dentro, y no sólo a partir de los usos y abusos de su consumo en la actualidad. De hecho, uno de los principales méritos de esta publicación es pensar la tensión existente entre esa esfera interna y externa, entre la apreciación íntima de la música y sus diferentes modalidades de difusión, que repercuten asimismo en la forma inevitablemente personal de apropiársela.
El subtítulo de esta publicación proporciona una pista muy valiosa, reveladora de una de las principales tesis que se sostienen y demuestran, siendo ilustrada con una sensacional profusión de ejemplos. Del oído a la alquimia emocional evidencia el aspecto pasivo del oyente afectado por una forma de encanto a menudo subliminal: "sufrimos 'secuestros emocionales' en un instante, antes de que el neocórtex tenga tiempo de reaccionar". La conciencia, el proceso de reflexión en torno a lo experimentado se activa a posteriori, demasiado tarde como para poder imponer un sentido a aquello que nos remite afectivamente a un lugar remoto y absolutamente cercano, de difícil verbalización. "La memoria musical en la mayoría de casos actúa de manera automática al margen de nuestra voluntad" razona el autor del texto, aclarando además cómo una melodía interiorizada en circunstancias emocionales determinadas tiende a reproducirlas una vez ésta suena de nuevo, provocando una resonancia interna, despertando una genuina vivencia anclada en lo más profundo del sujeto. Literariamente la narración de una experiencia sensitiva comparable nos remite -como no- a la célebre magdalena proustiana, al suscitar la degustación extemporánea la apertura de un mundo que se creía perdido.
Romero Fillat, el autor del libro, traza desde el mismo título un periplo que se inicia magistralmente con la referencia a uno de los clásicos más influyentes en el arte cinematográfico, a la postre también una de las primeras realizaciones del cine sonoro: M, el vampiro de Düsseldorf de Fritz Lang debe su título a la inicial de Mörder, asesino, que en un momento de la película (titulada en el idioma original simplemente M) se marcará con tiza en la espalda del criminal que mantiene atemorizada a aquella ciudad. Su modus operandi se ve delatado cuando un vendedor ciego asocia una melodía silbada en la escena del crimen a su autor, que la repite en su presencia. La banda sonora de las acciones delictivas representa un verdadero acto fallido en la medida que, muy sintomáticamente, permite que sea reconocido. El fragmento musical en cuestión, inconsciente en su repetición también para el asesino, procede de la suite Peer Gynt, de Edvard Grieg, y corresponde al episodio "En la gruta del rey de la montaña". Así, el uso de melodías y efectos de sonido en la industria cinematográfica se inaugura en buena medida con esta producción soberbia, que pone en primer plano la cuestión de la alquimia musical, dando a entender el vínculo de la afección sub limine con un fenómeno auditivo que permite entender -o si acaso presentir- el sentido del decurso de la acción.
Por señalar algún contra de esta amena publicación, cabe decir que el apartado menos interesante -para todo lector que no tenga un interés específico por el mundo de la televisión, se entiende- es aquel en que el autor comenta programa a programa el empleo de melodías y jingles. Tarea igualmente realizada con algunas películas de referencia, conocidas en su mayoría, que funciona menos -desde el punto de vista de la lectura- en su paso de revista televisiva. Pero no se trata este ni siquiera de un mal menor, pues no hay duda que también habrá quien aprecie muy positivamente las indicaciones vertidas en las páginas en cuestión. Por otra parte, esta publicación se completa con un glosario breve pero útil (teniendo en cuenta los frecuentes tecnicismos y siglas empleados en la industria audiovisual) así como de una serie de listas musicales o playlists de diferentes géneros; listas a modo de mera orientación y, sobre todo, de ilustración final a propósito de esos earworms o "gusanos del oído", temas interiorizados que acompañan la banda sonora de nuestra vida, dando materia o soporte emotivo a cuanto acontece.
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