Jacobo Zabalo 03-07-2008
Música y religión. Mozart, Wagner, Bruckner, de Hans Küng
Trotta, Madrid, 2008

Comienza el autor con una confesión fundamental, pues advierte el calado e implicaciones de la escucha musical, en relación con su labor cotidiana: “prácticamente no hay para mí día sin música en las horas matutinas. Y pocas de mis tardes concluyen huérfanas de música. Ésta me impedirá las lecturas simultáneas más exigentes, pero no escribir creativamente. Y de ningún modo habría podido yo escribir cuanto he escrito sobre religión si no hubiese recibido tanto de la religión como de la música fuerza interior, fantasía creadora y perseverancia disciplinada”. Reconocido teólogo católico, Hans Küng nos ofrece en este escrito, compuesto en buena medida a partir de la reelaboración de reflexiones previas (vertidas en artículos y conferencias), una interpretación en clave espiritual de la producción de tres grandes compositores: Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), Richard Wagner (1813-1883) y Anton Bruckner (1824-1896).
Abiertamente expuesta (ya en el título de la presente obra) la perspectiva religiosa, lejos de resultar sesgada o tendenciosa, permite cuestionar algunos presupuestos concernientes a la espiritualidad de los creadores mencionados y –lo que resulta todavía más interesante- indagar en la significación profunda del fenómeno musical, propiamente dicho. La trascendencia que la música parece abrir en el oyente, por medio de la afección inmediata que se ha venido a denominar erotismo musical, es comprendida con plena honestidad intelectual, a partir del análisis de los materiales y composiciones, atendiendo a la reverberación anímica que, con total y a menudo desconcertante ambivalencia, de ellos, como de la propia religión, se desprende: “¿Acaso la música religiosa mozartiana –se preguntará Küng- no es, como la religión en sí, opio para el pueblo?”.
Lo cierto es que, en su afán por evitar el prejuicio fácil (sea de orden musical o religioso), el autor asume el riesgo de dicha ambivalencia; y no sólo se interesa por la música vocal, aquella que comunica de forma expresa el mensaje cristiano, sino que se pregunta por la otra espiritualidad, la que no puede comunicarse con palabras pero que afecta al laico y al fiel; que se transmite a pesar de todo, aunque en ningún caso por casualidad. Las preguntas con que avanza el discurso de Küng balizan un camino más acá del dogmatismo, que sin demasiado disimulo censura en algunos teólogos protestantes (como Karl Barth). No es de extrañar, en este sentido, su interés por destacar lo católico en Mozart, que comprende a la luz de diversos testimonios manuscritos (cartas y diarios) como un “confiar en lo esperado, un estar persuadido de cosas que no se ven” (Hebreos 11,1).
Aun así, lo que caracterizaría a Mozart, según Küng, desafía incluso esa calificación, representando en su lugar un “sublime arte trascender”, la capacidad para ir siempre más allá de cualquier juicio categórico o definición (entre ellas, una de sus más repudiadas, la de divino). Por contraste con las influencias varias que el de Salzburgo pudo tener, las propiamente espirituales y las musicales, hay algo que trasciende: “el misterio de tal música reside justamente en que siempre hace perceptible al mismo tiempo la claridad y la oscuridad, júbilo y dolor, vida y muerte”. El resultado de esta alquimia se comunicaría luminosamente, transfigurando incluso la tiniebla. Kühn nos habla de un recogimiento que en nuestros tiempos más de uno leería en clave oriental: “Es la música lo que ahora me abraza y me impregna por completo, sonando de súbito desde mi interior. ¿Qué ha ocurrido? Percibo que estoy volcado hacia dentro con ojos y oídos, en cuerpo y alma. El yo está callado, cualquier elemento externo, todo antagonismo, toda escisión de sujeto y objeto han quedado abolidos por un momento”.
El estudio sobre Richard Wagner, que Küng titula “Anhelo de redención”, pondrá en juego precisamente la posibilidad de que en obras tardías como el Parsifal se escenifique una espiritualidad renovada, tal que incorpore y al mismo tiempo trascienda el diagnóstico de nihilismo, realizado -como se sabe- por Friedrich Nietzsche. El ateísmo quedaría desplazado y asumido, de forma sincrética, al incorporar disciplinas orientales, entre las cuales el Budismo. También el Hinduísmo, como el cristianismo -asegura Küng- “son conscientes del extrañamiento, la decadencia y el anhelo de redención de los humanos. Ambos credos admiten de alguna forma la ignorancia y el deslumbramiento del hombre, su condición perecedera y su depravación”. Wagner sería crítico en su relectura de la espiritualidad occidental, sin conformarse, no obstante, con promover una sustitución artística y erotizante de la religión. La prioridad que Küng otorga al Parsifal, obra que Nietzsche aborreció sobremanera, apuesta por una superación espiritual de los aires tristanianos, aires de juventud que el autor del Zaratustra, él mismo empapado todavía de romanticismo, había adorado.
El “Sinfonismo de la fe”, apartado que Küng dedica a Bruckner, retoma una de las cuestiones planteadas ab initio; a saber la posibilidad de que se dé de hecho una manifestación no lingüística del fenómeno religioso, manifestación que en la versión cristiana (habiendo Cristo sido comprendido como lógos) necesita de la palabra para su difusión e intelección por los hombres. Küng rechaza el apelativo de “místico”, apelativo habitual en la consideración del arte de Bruckner, para centrarse en la modernidad de sus obras, en comparación con lo que denomina “la revolución schönberguiana” y con los ecos fáusticos que Thomas Mann recreara a través de su personaje, el compositor Adrian Leverkühn.
Un finale, “Arte y sentido”, apostilla el tríptico compositivo de Küng. Se trata ésta de una sección histórica, que no –precisa el autor- “historicista”, en la que opta por tomar conciencia de la contemporaneidad de la música (y, de un modo más general, de la obra de arte) en relación con las indagaciones estéticas del pasado. Se abre así un horizonte para su comprensión transversal, para la proliferación del sentido: “su especial servicio al ser humano consiste en simbolizar, sin falso consuelo ni falsa bendición”. La obra, como vio Theodor W. Adorno, no ha de complacer al consumidor, sino agitar, suscitar desde la disonancia la búsqueda de la consonancia; una concordancia en apariencia utópica, pero realmente real (en la medida en que es buscada, que “es” siendo buscada). En palabras de Küng: “en una época de sinsentido inminente, el arte contribuye (incluso mediante lo insensato en apariencia) a mantener presente la cuestión del sentido, a provocarla, a confrontarnos con ella”.
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